martes, 26 de mayo de 2009

Paseos, caminatas y la playa

Estación Carmelita
Parte 3

La vuelta al mundo que he dado la saque de los 4 kilómetros diarios que caminaba para ir a la escuela de la mina Despreciada, 2 en la mañana y dos en la tarde. Y eso multiplicado por 5 días dan 20 kilómetros de ida y vuelta, a la suma 80 kilómetros al mes. Y multiplicado por los 9 meses de escuela son 270 kilómetros y desde los 7 a los 12 años haciendo este recorrido son 5 años, lo que da 270 por 5, es decir, 1.350 kilómetros. Para ir a Tocopilla a pie eran 5 kilómetros de ida y 5 de vuelta, aunque la mayor parte de las veces lo hacíamos en el tren de pasajeros.

Mis primeros años de estudio los hice en la escuela del campamento minero, hasta el 5° año. Después a la Escuela Pública de Tocopilla. Luego estudié en el Liceo de Tocopilla. No me destacaba en nada, en lo mejor que me iba era en Castellano y Filosofía. Creo que era un pájaro sin rumbo, siempre curiosa, leyendo cuanta cosa podía o caía en mis manos. Recuerdo que no entendía como se decía que en el Universo, la tierra era el planeta habitado. Eso no me entraba en la cabeza. En Tocopilla todo era distinto, vivíamos solos los hermanos en una casa pobre, mientras mis padres seguían en Carmelita.

Uno de los tantos recuerdos lindos que tengo es el paseo que hacíamos una vez al año a la playa. No sé cómo en un sol o auto entrábamos todos: 11 personas. El mar era lo máximo para todos. Tan pronto llegábamos, todos nos metíamos al agua. Yo no recuerdo si nos poníamos traje de baño o nos bañábamos con ropa interior. Mi madre era la única que sabía nadar. Mi papito se limitaba a subirse los pantalones y empezaba a mariscar, acompañado de mi mami. En una ocasión mi papito, provisto de una alpargata, mató a un pejesapo, gordo, lindo y sabroso, que mi mamá cocinó más adelante. Nosotros, mis hermanos y mis primos, mi mamá también, buscábamos mariscos, lapas, apretadores, locos, señoritas y todo lo que sacábamos lo desconchábamos y lo poníamos en una piedra cóncava, que parecía una olla, y ahí mismo le ponían limón, sal y aceite. Todos comíamos directamente de esta improvisada olla, era una delicia y lo gozábamos intensamente.

sábado, 4 de abril de 2009

Estación Carmelita, Parte II: El Aluvión

Cuando vino el aluvión del año 1940, se llevó medio campamento minero de la Mina Despreciada.

También la Estación Carmelita y todos los cerros colindantes; fue el fenómeno más grande, más impresionante que he visto en mi vida. No llovía, el agua caía a cántaros, los cerros rugían, las líneas de los trenes eran sacados de raíz y la avalancha de barro era tan grande y tan altas que parecían olas. Arrastraba piedras y todo cuanto estaba a su paso. En mi casa el agua entraba por todas partes, era un diluvio que no paraba nunca. Si alguna vez van al cementerio de Tocopilla, se encontraran en filas las sepulturas de las personas víctimas del aluvión.

Recuerdo a mi madre el día siguiente del aluvión, bajar con una olla inmensa de té y pan amasado para repartir en el local del sindicato.

La naturaleza es pródiga y siempre nos asombra, los cerros se llenaron de flores azules, lilas, amarillas, rojas y la gente subía a recogerlas, tal vez las flores les hacían olvidar su drama, pero no duraban mucho en las manos, se ponían marchitas, pero igual bajaban sonrientes.

El aluvión trajo bonanza en la gente del campamento minero porque muchas minas de cobre fueron dadas vueltas y el cobre estaba encima o a pocos centímetros debajo del barro. Ahora yo no sé si los cayos que me salieron en las manos fue desenterrando el durazno o rasguñando la tierra con un ganchillo para sacar las piedras de cobre. En esta tarea estábamos los cinco hermanos y los cuatro primos, más mi mamita. Llenábamos sacos, cada uno llevaba una bolsa, iba poniendo el cobre que sacaba en una bolsa y después se juntaba todo el cobre en el saco y se iban a Tocopilla, donde se vendía.

domingo, 29 de marzo de 2009

Estación Carmelita Parte 1

Siempre que voy caminando por las calles, o cargada de libros, de bultos con mis brazos libres solo mi cartera al hombro, me pongo a mirar a la gente que van en sus autos particulares, miro rostros, veo sus caras, y no me dejo de preguntar porque todos van tan serios como enojados, y es peor si van en pareja, pareciera que cada uno va en su mundo aparte, ni una sola sonrisa, nada, sólo mirando al frente. Yo me digo, entonces, por favor, por favor, mírenme, denme una sonrisa y díganme “¿la llevamos? Va tan cargada”. Pero eso no ha ocurrido nunca y llevo tantos años caminando.

El otro día sacaba la cuenta y creo que he dado la vuelta al mundo varias veces. Tal vez, ello se deba a que nací de pié como decía mi mamita linda. Mi vida conciente la viví en la Estación Carmelita, una de las tantas estaciones del ferrocarril que tenía la compañía inglesa-chilena Anglo - Lautaro. Saliendo de Tocopilla, era la segunda estación, primero estaba la Estación Reverso y después la Estación Carmelita, que era como un pequeño oasis en el desierto.

Era una casa hermosa, linda, mágica, llena de flores hacia la mano derecha, a la mano izquierda había una huerta con todo tipo de hortalizas. Era cosa de estirar la mano y sacar una zanahoria de la tierra, o una lechuga.

En el cerro que estaba arriba de la casa habían frutales: duraznos, membrillo, parrones de uva blanca y negra. Más arriba estaban las tunas blancas y rojas, en la parte de abajo, después de la línea del tren, había tunas y más tunas, en medio de los cañaverales.
Pero el árbol más grande e importante era la higuera, era inmensa, inmensa. Yo no sé cuántos kilos de higos y brevas daba al año, sólo sé que eran jugosos y que la gente que vivía en el campamento de la mina Despreciada – a la que Pablo Neruda menciona en uno de sus poemas – subía a pasear a mi casa a ver las flores o las brevas e higos. No creo que mi mamá las vendiera. Las flores las vendía en ocasiones especiales. A la gente le gustaba subir los dos kilómetros porque para ellos era un paseo.

También teníamos gallinas blancas, castañas y gallos que nos despertaban en las mañanas con su quiquiriquí.

Mi familia era numerosa: mi mamá, mi papá, mis otros cuatro hermanos y mis cinco primos que quedaron huérfanos de padre y madre en menos de un año. Todos éramos chicos. Los mayores tenían como 12 años. Mi papá era el sostenedor de la casa, por eso mi mamá tenía su chacra para autoabastecerse. Ella también hacía pan y ahí todos ayudábamos, tratábamos de hacer una figura distinta con la masa.

Mi casa estaba rodeada de cerros. Al lado derecho, después del jardín venían las casas de los carrilanos, los trabajadores que se encargaban de arreglar las líneas del tren. Y más allá estaba la casa del capataz, don Manuel y la señora Manuela y sus tres hijos. Nosotros, hermanos y primos, subíamos como si nada. Y yo, por lo general, sin zapatos, o con unas zapatillas de lonas. Explorábamos por todos lados buscando minas de cobre. Mi hermano Arturo encontró una que le puso “La Piojillo”. Yo un día la fui a ver con mi papá y me quedé desilusionada porque no pude ver nada, nada, nada.